martes, 15 de septiembre de 2026

LA SUNAMITA

 La oración puede traer vida a lo que pensábamos que estaba muerto.

2 Reyes 4:8-17

La sunamita hizo espacio para Eliseo en su casa. Y al hacerlo, hizo espacio para la obra de Dios en su vida. Eliseo habló con su siervo, Guiezi, para tratar de saber su opinión sobre alguna manera en la que pudieran devolverle la bondad a esta mujer. Y Guiezi dijo: «Ella no tiene hijos, y su esposo ya es anciano» (v. 14). Qué descripción. Qué resumen de las circunstancias de esa mujer. No tener hijos era un terrible estigma en el mundo antiguo. Y para hacer las cosas aún peor, el esposo de esta mujer era viejo. Lo que significa que no tenía esperanzas de mejorar su situación. 

El profeta llamó otra vez a la sunamita y le dijo: «El año que viene, por esta fecha, estarás abrazando a un hijo» (v. 16). 

«¡No, mi señor, hombre de Dios! —exclamó ella—. No engañe usted a su servidora» (v. 16). ¿Por qué esta mujer reaccionaría de manera tan enérgica contra la promesa de un hijo? Porque había sepultado su esperanza tan profundamente que era muy doloroso empezar a cavar otra vez. 

La sunamita se había adaptado a su situación aceptando su infertilidad. Y, por tanto, se quedó sorprendida y hasta se horrorizó cuando Eliseo tocó su herida. 

¿Qué has aceptado en tu vida que no debería estar allí? ¿Qué has aceptado en tu familia que no debería estar allí? 

Una de las razones por las que tratas de negar tus anhelos y deseos es porque muchas veces te atacó la decepción. Antes, tenías esperanza; creías, esperabas y orabas para que Dios proveyera eso que era tu mayor deseo. Sin embargo, nunca sucedió. Tus oraciones nunca recibieron respuesta. Por lo tanto, para protegerte a ti misma de futuros ataques, para protegerte de la decepción, permitiste que se formara una corteza alrededor de tu corazón. Algo duro. Un callo. Un mecanismo de defensa. 

Por fortuna, Dios tiene una manera de atravesar esa corteza. Tiene una forma de romper nuestras defensas y tocar nuestros corazones cuando sabe que es el tiempo adecuado. 

Eso fue con exactitud lo que Dios hizo por la sunamita. 

No importa lo mucho que te esfuerces, no puedes esconder tus deseos de Dios. No importa cuánto trates de negar tu propio corazón, no puedes esconderle tus anhelos a Dios. Él los conoce. Y pondrá Su mano sobre esos deseos cuando le des espacio para hacerlo a través de la oración. 

«Mas la mujer concibió, y dio a luz un hijo el año siguiente, en el tiempo que Eliseo le había dicho».

LA MUJER QUÉ PASECIA DE FLUJO DE SANGRE

 Cuando las mujeres oran, obtienen la victoria sobre los «asuntos» de la vida.

Marcos 5:21-34

Lo primero que llama la atención acerca de esta mujer es que nunca se menciona su nombre. 

A pesar de sus cualidades positivas, a esta mujer la definía casi por completo su «asunto». Su problema. Su dolor. 

Todos lidiamos con el dolor. Todos lidiamos con problemas que amenazan con abrumarnos. Todos lidiamos con circunstancias difíciles que tratarán de definir quiénes somos, si se lo permitimos. 

Aquí tienes un principio: cuando tu «asunto» amenaza con tragarse incluso tu nombre, tu única esperanza es la oración. 

Esta mujer entendió eso. Y escogió acudir a Dios con todas sus fuerzas. Según el texto, pensaba: «Si logro tocar siquiera su ropa, quedaré sana» (Marcos 5:28). 

Esta mujer creía la verdad de la Palabra de Dios. En el Antiguo Testamento, de manera específica en el libro de Números, Dios les ordenó a los israelitas que usaran un manto de cuatro esquinas, y que cada una de las esquinas la decoraran con bordes de hilos blancos. Los bordes tenían un solo hilo azul, que era un símbolo del compromiso del que lo usaba de obedecer las leyes de Dios. 

Con el transcurso de los siglos, esas borlas llegaron a tener un significado aún mayor dentro de la comunidad judía. Las personas de antepasados nobles añadían nuevos colores o patrones a los bordes para mostrar su autoridad. ¿Recuerdas cuando David cortó el borde del manto de Saúl en el desierto de Engadi? De forma simbólica, cortaba la autoridad de Saúl como rey (1 Samuel 24:4). Los bordes también podían representar el papel o el lugar de una persona dentro de la comunidad, incluyendo el de rabí. Un maestro. Un sanador. 

En resumen, al tocar la punta del manto de Jesús, esta mujer se agarraba a su borla. Se agarraba de la autoridad de Jesús y del símbolo de su compromiso con la Palabra de Dios, incluyendo las promesas de Su Palabra. 

¡Qué hermoso cuadro de oración! Cuando estás en peligro de que tus asuntos te traguen o te definan, no te quejes por eso. No te desanimes. 

¡Agárrate de Dios! Agárrate de Él y no lo dejes ir. 

«Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote».

LA HISTORIA DE ANA ES FASCINANTE

 Cuando las mujeres oran, Dios trae nueva vida.

1Samuel 1:1-20

Romanos 3:10

La historia de Ana es fascinante. También es conmovedora e inspiradora. Y más aún, su historia es muy accesible. Cualquiera puede identificarse con ella: Ana vivía con un anhelo incumplido: era estéril. 

Ana escogió el camino de la oración. 

Cuando Elí la vio, ella estaba «con gran angustia» y «llorando desconsoladamente». Comenzó a orar al Señor: «Si te dignas mirar la desdicha de esta sierva tuya, y si en vez de olvidarme te acuerdas de mí y me concedes un hijo varón» (1:11). Cuando el sumo sacerdote la confrontó, Ana le contestó: «No, mi señor; no he bebido ni vino ni cerveza. Soy solo una mujer angustiada que ha venido a desahogarse delante del Señor. He pasado este tiempo orando debido a mi angustia y aflicción» (1:15-16). 

Fíjate que Ana no usó palabras rebuscadas ni elegantes mientras oraba. Clamó a Dios. Incluso cuando estaba llorando amargamente, hablaba y clamabamientras lloraba. Oró con intensidad. Oró con fervor. Oró con tal pasión y deseo que Elí pensó que estaba borracha. 

¿Sientes a veces que Dios te concedería tu petición si tan solo emplearas las palabras apropiadas para orar? ¿Si tan solo pudieras encontrar esa frase exacta para marcar la diferencia? Desecha ese pensamiento. No hacen falta palabras mágicas para orar. Solo hace falta la gracia de Dios. 

¿A veces crees que Dios contestaría tus oraciones si tan solo alguien especial orara por ti? ¿Alguien ungido? ¿Alguien más espiritual que tú o más santo que tú? Desecha esa idea. La Biblia dice: «No hay un solo justo, ni siquiera uno» (Romanos 3:10). No necesitas a nadie para hacer que tus oraciones sean más eficaces. Necesitas que el Espíritu Santo de Dios interceda por ti. 

¿Crees que Dios le prestaría más atención a tus oraciones si fueras una mejor persona? ¿O tratas de comportarte mejor o de actuar de manera más «piadosa» durante los días que estás orando porque piensas que Dios te va a tomar más en serio cuando eres más espiritual? Deja eso. No puedes obligar a Dios ni exigirle que haga lo que quieres; solo puedes arrodillarte a Sus pies, derramar tu corazón, creer que responderá y que Su respuesta será para tu bien. 

En resumen, cuando te presentes ante Dios en oración, ve tal como eres. Deja de preocuparte por tu imagen y deja de preocuparte por tu apariencia, y por lo que las personas van a pensar de ti. Póstrate de rodillas ante Dios con pasión y fervor, ¡y Él abrirá las ventanas de los cielos y derramará una bendición mucho más grande de lo que te imaginas! 

Eso fue lo que experimentó Ana. 

«Aconteció que al cumplirse el tiempo, después de haber concebido Ana, dio a luz un hijo, y le puso por nombre Samuel, diciendo: Por cuanto lo pedí a Jehová».

LA SUNAMITA

  La oración puede traer vida a lo que pensábamos que estaba muerto. 2 Reyes 4:8-17 La sunamita hizo espacio para Eliseo en su casa. Y al ha...